Producir más alimentos ya no depende únicamente de ampliar el área sembrada. En un país expuesto a sequías, lluvias irregulares, altas temperaturas y nuevas presiones de plagas y enfermedades, una parte creciente de la seguridad alimentaria se juega en la capacidad de proteger cada hectárea y reducir las pérdidas antes de que los alimentos lleguen al mercado. Esta conversación se hace más importante en el actual Fenómeno de El Niño, cuya potencia ya afecta a Colombia y que según expertos se extenderá hasta mediados de 2027.
Las cifras muestran la magnitud del desafío. En 2025, Colombia cultivó 5,44 millones de hectáreas, 1,2 % menos que el año anterior. Sin embargo, la producción agrícola aumentó 5,1 %, hasta alcanzar 83,5 millones de toneladas, gracias, entre otros factores, a una mejora de los rendimientos. Los datos preliminares de la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria también muestran que el país sembró 515.531 hectáreas de maíz, 191.003 de papa, 17.790 de tomate y 107.008 de soya. Esta última registró un crecimiento de 39,2 % frente a 2024.
En este contexto, la biotecnología se consolida como una opción que permite conocer mejor las plantas, acelerar su mejoramiento, identificar características útiles y proteger su potencial productivo. Incluye tecnologías diferentes, desde marcadores moleculares, diagnóstico y selección asistida hasta edición génica, bioinsumos y cultivos genéticamente modificados, cada una sujeta a procesos particulares de investigación, evaluación y regulación.
Su aplicación tampoco es igual en todos los cultivos. En maíz y soya existen materiales genéticamente modificados sembrados comercialmente en Colombia. En papa y tomate, la contribución actual está principalmente en el mejoramiento genético, la detección temprana de enfermedades, la selección de materiales y el desarrollo de soluciones biológicas que pueden ayudar a responder con mayor precisión a riesgos agronómicos.
“La seguridad alimentaria no se resuelve con una sola tecnología. Requiere integrar mejores semillas, conocimiento agronómico, salud del suelo, protección de cultivos, herramientas digitales y acompañamiento técnico. La biotecnología aporta precisión a ese sistema y ayuda a que el agricultor proteja mejor el potencial de cada cosecha”, señaló Catalina Gómez, Regional Business Manager de Crop Science para Colombia y Ecuador
Cuatro cultivos, un mismo desafío
En la papa, uno de los alimentos básicos de los hogares colombianos, la ciencia permite seleccionar materiales con mejores características agronómicas y mejorar la detección de patógenos. Esto resulta especialmente relevante en sistemas productivos donde una enfermedad puede propagarse rápidamente y afectar tanto el rendimiento como la calidad de la cosecha.
En tomate, las herramientas de mejoramiento y diagnóstico permiten trabajar sobre características como sanidad, calidad, vida útil y adaptación a diferentes condiciones productivas. Su valor no consiste solamente en obtener una planta con mayor potencial, sino en reducir el tiempo necesario para identificar materiales con atributos relevantes para productores y consumidores.
En maíz, la biotecnología ya tiene una presencia considerable. Según Agro-Bio, en 2025 Colombia alcanzó un récord de 163.658 hectáreas de maíz genéticamente modificado, 25 % más que en el periodo anterior. En total, el país registró 169.533 hectáreas con cultivos genéticamente modificados.
La importancia del maíz va mucho más allá del consumo directo. Es una materia prima fundamental para la producción de alimento balanceado y, por esa vía, para cadenas como pollo, huevo, cerdo, leche, ganadería y acuicultura. Por ello, proteger su productividad también significa fortalecer la disponibilidad de proteína para los hogares colombianos.
La soya cumple un papel similar por su aporte a la alimentación animal y a diferentes procesos agroindustriales. El crecimiento de su superficie cultivada durante 2025 muestra una oportunidad para fortalecer la producción nacional, siempre que esa expansión esté acompañada por semillas adaptadas, manejo responsable del suelo, infraestructura, asistencia técnica y acceso a mercados.
El riesgo no es solamente producir menos
Las plagas y enfermedades pueden comprometer hasta el 40 % de la producción mundial de cultivos cada año y generar pérdidas económicas superiores a USD 220.000 millones, según datos de la FAO citados en materiales sectoriales.
A este riesgo se suma la variabilidad climática. En cultivos como el maíz, un déficit de agua durante etapas críticas como la floración y el llenado del grano puede reducir el rendimiento. El calor también puede acelerar el ciclo de algunos insectos, mientras una planta sometida a estrés hídrico puede tener menor capacidad para responder a otros factores de presión. Estas condiciones hacen más importante el monitoreo, la prevención y el manejo integrado del cultivo.
Por eso, la innovación no debe presentarse como una garantía contra El Niño ni como sustituto de una buena gestión agronómica. Su aporte consiste en ampliar las opciones del productor: anticipar riesgos, escoger materiales adecuados, detectar problemas más temprano, usar los insumos con mayor precisión y tomar mejores decisiones sobre agua, nutrición y protección del cultivo.
“Ninguna semilla puede eliminar por sí sola los riesgos del clima. Lo que sí puede hacer la ciencia es dar al agricultor más herramientas para prepararse, reducir pérdidas y utilizar mejor recursos cada vez más limitados. La resiliencia se construye combinando genética, biotecnología, manejo integrado, datos y conocimiento local”, agregó Gómez.
Ciencia aplicada con validación local
El desarrollo de estas tecnologías requiere años de investigación, ensayos, evaluación regulatoria y validación bajo condiciones locales. Bayer participa en ese ecosistema mediante investigación en semillas y rasgos biotecnológicos, soluciones biológicas y de protección de cultivos, herramientas digitales y acompañamiento agronómico.
En Colombia, parte de ese trabajo se desarrolla en el Centro de Innovación La Tupia, en el Valle del Cauca, donde se realizan más de 100 ensayos anuales en cultivos como maíz, soya, frutas y hortalizas.
La contribución de la compañía se inscribe en un esfuerzo más amplio que involucra a agricultores, gremios, universidades, centros de investigación, autoridades y empresas. El objetivo no es promover una tecnología aislada, sino ayudar a construir sistemas agrícolas más productivos y resilientes, capaces de responder a las condiciones particulares de cada región.
En el marco del Día Mundial de la Alimentación, el debate no debería reducirse a estar a favor o en contra de una herramienta. La pregunta de fondo es cómo combinar ciencia, regulación, conocimiento campesino, inversión y asistencia técnica para producir alimentos suficientes sin aumentar innecesariamente la presión sobre el suelo y el agua.




